
Siempre fuiste la misma.
Nunca te derretiste en la lluvia.
ni se diluyó la tinta de tu sonrisa.
ni se destilaron en las alcantarillas
los golpes de tus zapatos de tacón.
La lluvia era tu amante ocasional
Para verte, ella desafiaba la naturaleza
y en los días más soleados
venía sin excusas, sin motivos,
a veces con ternura de llovizna
y otras con rabia de tormenta.
La lluvia te lanzaba su caricia de agua
bajaba por tu espalda, giraba hasta tu pecho
y se escurría en muchos hilos de agua
en un gélido escozor que te hacía sonreír.
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