martes, 4 de mayo de 2010

EL ASESINO


Luego de matar a la doncella, el asesino aguardó con ansias que vitorearan el crimen en los periódicos.
La rabia fluyó por sus venas cuando supo que su magistral homicidio―el mejor que había perpetrado en diez años de carrera― estaba apenas mencionado en dos artículos de menos de quinientas palabras. Sin embargo, lo que más le indignó fue que los columnistas calificaran lo sucedido como un simple acto del hampa común.
El asesino se cruzó los brazos. Con una mano en el pecho y una lágrima en su rostro juró que no mataría a más nadie en aquella ciudad en la que nadie valoraba su talento.

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